– ¿Para qué escribes?, me preguntó el bosque-
Escribo para no morir, para respirar hondo y sentir el cielo azul infinito, disponible, abierto y amplio como el mar.
Escribo para ordenar el caos que por veces es magia y en ocasiones abismo.
Escribo para mí, pensando en ti. Para ser escuchada, para reconocerme en mi arte, para dar forma a la energía que vibra, se cuela entre mis dedos y enraíza en el espacio-tiempo de la materia.
Escribo para sentir que sigo viva más allá del tedio, del peso, del aire que se agota.
Escribo porque no puedo dejar de hacerlo. Para que las palabras aladas, que brotan y se expanden dentro de mí, consigan alzar el vuelo y conquistar otros mundos, el espacio infinito que no conoce límites; y, en su expresión, puedan alcanzar a tocar otros corazones.
Escribo para contar mi historia, para no olvidarme de recordar el presente, para reescribir el pasado e inventar un futuro a la medida de lo vivible.
Escribo para dejar volar mi imaginación y anticipar nuevas realidades, mundos potenciales y otros olvidados.
Escribo, así como amo, libre, en vuelo alto, enraizada en mí, plantada como un árbol humano, en esta tierra fértil.

