Imagen de Almudena Aparicio Fernández

Almudena Aparicio Fernández

hombres que lloran

Llegó con prisa a la sesión. Podía percibir su urgencia, incluso antes de que comenzara a verbalizar la desazón, el apremio interno, la necesidad de aliviar el dolor que le oprimía el pecho.

Es una respuesta loable; intentar encontrar una salida, escapar de la incomodidad de eso que nos duele, de lo que clama por liberarse. El grito congelado en el tiempo, la emoción que quedó presa; en busca de desahogo, que encuentra apenas una libertad condicional temporal, limitada; apenas un alivio puntual del síntoma.

El miedo a mirar la herida profunda, el corte que es abismo, entre la realidad vivida y la deseada; fisura irreversible entre lo que es y lo que querríamos que fuera, siendo en este presente, sin más, con todo, en su multidimensionalidad.

Apenas si sobrevolamos por la meditación de aterrizaje inicial, esa que guía hacia la presencia en el cuerpo y hace consciente la respiración; apenas digo, porque era incapaz de respirar su prisa, que le urgía, hambrienta de una fórmula mágica, algo que resolviera de un plumazo una impronta que fue inoculada en el cuerpo, en la emoción, en el alma, durante años de dilatadas experiencias, que incluían hilos transgeneracionales.

En ese instante me abrí a la compasión, a acompañarle en su pasión; le tendí mi mano para abrazar su dolor, con mi presencia, con su entrega; soltar amarras, dejar ir las barreras, permitir las lágrimas, habitar la emoción, sentir el dolor, sin querer huir, eligiendo permanecer.

Acompañar el llanto es algo que me sigue sobrecogiendo, que me toca el corazón; siento en mi pecho esa liberación, el fluir de la emoción, la energía que encuentra desahogo, la anhelada salvación; me sobrecoge por la belleza del acto, por la Confianza con mayúsculas, por la contención del espacio seguro, por el permiso necesario, por la conexión íntima que brinda la vulnerabilidad.

Y cuando es un hombre el que se entrega al llanto, tras lidiar su propia batalla, el forcejeo cultural, social, transgeneracional, reconozco que hay algo especial que se abre, un regalo sanador también para mí;

tal vez porque presiento cómo ese gesto individual, único, personal, es además una altruista contribución a la liberación de las líneas del tiempo colectivas, un golpe bajo y certero a esa cruel castración de “los hombres no lloran”;

tal vez porque siento la grandeza del granito de arena que apunta hacia la liberación juntos, en apoyo mutuo, dignificando las diferencias que nos complementan en el abrazo de la polaridad.

Hoy quiero reconocer el coraje de los hombres que lloran; y expresar mi especial gratitud por el privilegio de poder acompañarlos terapéuticamente en sus procesos de sanación consciente.
GRACIAS de corazón.

Almu

¡Si te ha gustado comparte!

Sigue leyendo, aquí te dejo más artículos

la gente buena

Pensé en ella, directa, naturalmente. Porque ella está disponible. Verdaderamente, disponible. Porque ella es verdadera. Y cuando ayuda, lo hace desde su verdad. Una verdad que no espera nada a cambio, que entrega sin más.

Leer Más >>

mis palabras aladas

– ¿Para qué escribes?, me preguntó el bosque-

Escribo para no morir, para respirar hondo y sentir el cielo azul infinito, disponible, abierto y amplio como el mar.

Escribo para ordenar el caos que por veces es magia y en ocasiones abismo.

Leer Más >>

volver a ti, mujer

Un tiempo para ti, en la intimidad de tu casa y en conexión con otras mujeres, en un espacio virtual, cuidado y seguro. Reunidas alrededor de la escritura y la comunicación, la creatividad y el autocuidado emocional. Nos une la intención de descubrirnos en nuestro mundo interior y explorar  la comunicación con nosotras mismas, mientras cultivamos el amor

Leer Más >>

Es tiempo de despertar a tu poder de co-CREAcción

Únete a mi comunidad

Suscríbete para recibir todo mi contenido exclusivo (artículos, vídeos, podcast...). Tendrás además acceso al curso gratuito que he creado para ti.