Llegó con prisa a la sesión. Podía percibir su urgencia, incluso antes de que comenzara a verbalizar la desazón, el apremio interno, la necesidad de aliviar el dolor que le oprimía el pecho.
Es una respuesta loable; intentar encontrar una salida, escapar de la incomodidad de eso que nos duele, de lo que clama por liberarse. El grito congelado en el tiempo, la emoción que quedó presa; en busca de desahogo, que encuentra apenas una libertad condicional temporal, limitada; apenas un alivio puntual del síntoma.
El miedo a mirar la herida profunda, el corte que es abismo, entre la realidad vivida y la deseada; fisura irreversible entre lo que es y lo que querríamos que fuera, siendo en este presente, sin más, con todo, en su multidimensionalidad.
Apenas si sobrevolamos por la meditación de aterrizaje inicial, esa que guía hacia la presencia en el cuerpo y hace consciente la respiración; apenas digo, porque era incapaz de respirar su prisa, que le urgía, hambrienta de una fórmula mágica, algo que resolviera de un plumazo una impronta que fue inoculada en el cuerpo, en la emoción, en el alma, durante años de dilatadas experiencias, que incluían hilos transgeneracionales.
En ese instante me abrí a la compasión, a acompañarle en su pasión; le tendí mi mano para abrazar su dolor, con mi presencia, con su entrega; soltar amarras, dejar ir las barreras, permitir las lágrimas, habitar la emoción, sentir el dolor, sin querer huir, eligiendo permanecer.
Acompañar el llanto es algo que me sigue sobrecogiendo, que me toca el corazón; siento en mi pecho esa liberación, el fluir de la emoción, la energía que encuentra desahogo, la anhelada salvación; me sobrecoge por la belleza del acto, por la Confianza con mayúsculas, por la contención del espacio seguro, por el permiso necesario, por la conexión íntima que brinda la vulnerabilidad.
Y cuando es un hombre el que se entrega al llanto, tras lidiar su propia batalla, el forcejeo cultural, social, transgeneracional, reconozco que hay algo especial que se abre, un regalo sanador también para mí;
tal vez porque presiento cómo ese gesto individual, único, personal, es además una altruista contribución a la liberación de las líneas del tiempo colectivas, un golpe bajo y certero a esa cruel castración de “los hombres no lloran”;
tal vez porque siento la grandeza del granito de arena que apunta hacia la liberación juntos, en apoyo mutuo, dignificando las diferencias que nos complementan en el abrazo de la polaridad.
Hoy quiero reconocer el coraje de los hombres que lloran; y expresar mi especial gratitud por el privilegio de poder acompañarlos terapéuticamente en sus procesos de sanación consciente.
GRACIAS de corazón.


